sábado, 17 de octubre de 2015

Todos cometemos errores

Seguro que alguna vez os habéis visto en la horrible situación de haber cometido un error. Existen errores y errores, de eso no cabe duda, pero hoy quiero destacar uno de los más feos que existen: hacer daño a una persona.

No os hablo de daño físico, os hablo de daño psicológico, a mi forma de ver el peor de todos. Da igual si lo hacemos intencionadamente o no, una vez que hacemos daño, este ya está hecho y no hay vuelta atrás, lo que sea que hayamos dicho ya ha penetrado como un puñal afilado en el corazón de la otra persona; decir que ha sido sin querer resulta ser una estupidez.

Una vez que el daño está hecho da igual todo lo que hayas hecho por esa persona, da igual, lo digo dos veces para recalcarlo y quede bien claro. Todo queda en el olvido en ese momento y ese evento doloroso pasa a un primer y único plano. Puede sonar injusto, pero realmente es así y llega a ser comprensible, ya que es con lo último que te quedas.

La persona que hace el daño, siempre y cuando es consciente de ello, enseguida se siente mal y se arrepiente. Eso está muy bien, pero no soluciona una mierda el problema en cuestión. Con esto quiero decir que es bueno arrepentirse, reconocer los errores y darse cuenta de las cosas, pero el problema no termina ahí, la clave está en solucionar el problema.

Dependiendo de la gravedad del mismo, este será solucionable con más o menos dificultad: a veces vale con mostrar arrepentimiento y pedir disculpas con total sinceridad, pero la gran mayoría de las veces el error puede llevarte a perder a esa persona irremediablemente. 

Es lógico que te tortures por ello, pero realmente eso no soluciona nada, ya has destruido algo, por así decirlo, no te destruyas a ti mismo también, céntrate en las soluciones y busca la manera de enmendar tus errores, aprende de ellos, todos los cometemos a diario. 

Fácil de decir, difícil de aplicar...

martes, 6 de octubre de 2015

Tocar la guitarra

Tocar la guitarra es lo que más me gusta hacer en la vida, quiero compartir con vosotros lo que significa para mí.

Me acerco al armario donde la tengo guardada, la cojo, la saco de su funda y me siento en la cama. Compruebo que está bien afinada y, antes de emitir ningún sonido, tomo un poco de aire.

Normalmente, cuando toco la guitarra, me dedico a componer, no me gusta copiar lo que otros hacen, entonces comienzo a combinar sonidos que, de alguna manera, expresen lo que siento en el momento de tocar, es una forma de comunicarse y de abrirse a los demás, ya que, a veces, resulta complicado explicar ciertas cosas con las palabras.

Una vez que empiezo a tocar, la guitarra se apodera de mí, enseguida dejo de ser consciente de lo que estoy tocando, me dejo llevar por completo hasta el punto de ignorar por completo lo que me rodea, solo estamos ella y yo, convertidos en un solo ser.

Ahora os contaré cómo toco la guitarra: la mano derecha para tocar las cuerdas con extrema dulzura, sin mostrar brusquedad en ningún momento, los dedos se deslizan suavemente por las cuerdas para que el sonido sea lo más limpio posible, no hace falta ser bruto para que la guitarra suene más fuerte. La mano izquierda es la que pone la fuerza y la velocidad en el mástil, es imprescindible pulsar con fuerza para producir con exactitud el sonido que queremos.

Vemos pues, que se realiza un reparto de fuerzas en la guitarra, la fuerza por un lado y la dulzura por el otro, llegamos así a un equilibrio bastante curioso, ¿no creéis? 

Pues esta es mi visión particular de la guitarra, esto lo puedo aplicar perfectamente a cualquier instrumento que toque, pero cada uno tiene sus características y la guitarra es el más especial para mí. 

Ahora os lanzo la pregunta a vosotros: ¿Qué sentís al hacer lo que más os gusta?

domingo, 4 de octubre de 2015

Estado de gracia

Ganas de correr muy deprisa hacia un lado y a otro, ganas de gritar a los cuatro vientos, ganas de saltar más alto que nunca, ganas de sonreír a todas horas, ganas de abrazar a una persona con todas tus fuerzas, ganas de decir tonterías y cosas sin sentido...

Energía de sobra para hacer todo eso sin cansarte ni un poquito, energía de sobra para que no te duela nada, energía de sobra para no comer durante horas y horas...

El poder que tienen ciertas personas sobre nosotros, señoras y señores, es asombroso.

viernes, 2 de octubre de 2015

Microrrelato 3

Le llamaban el iluso, se pasaba las horas muertas imaginando cómo sería su vida ideal. Tal era su implicación en ese proceso mental que a veces se creía que las cosas que imaginaba iban a pasar en la vida real.

Sus amigos y familiares más cercanos le advertían en repetidas ocasiones que esa manera de pensar y ver la vida no le traería nada bueno, pero el alegaba siempre que era feliz viviendo en su nubecita de algodón. 

Se negaba a aceptar la realidad que le rodeaba, quería pensar que la gente era buena por naturaleza y nunca por conveniencia, que había más dicha que dolor en el mundo, que había más flores en la tierra que rocas en el mar, que había más luz que oscuridad... 

Ese chico vivió eternamente en su mundo de fantasía, siempre ajeno a la realidad, podríamos criticarlo de mil maneras y decir que era un ignorante o un iluso, como lo llamaban siempre, pero nadie podrá negar jamás que ese chico era feliz, que su sonrisa nunca pudo ser borrada de su rostro.

jueves, 1 de octubre de 2015

Microrrelato 2

Sentía que la situación se le iba de las manos, no podía soportar el hecho de sentirse tan solo y tan incomprendido. Las horas pasaban muy despacio en aquella habitación vacía, encerrado entre cuatro paredes, atrapado en sus propios pensamientos oscuros.

Un buen día decidió abandonar aquel letargo de dolor y melancolía, decidió que era el momento de poner fin a su amarga existencia, se dirigió al punto más alto de la muralla que daba al mar, quería fusionarse con aquel conglomerado de piedras puntiagudas que allí se encontraban.

Cuando fue a saltar, oyó una voz que desde lejos gritaba: _¡No lo haga! ¡Nadie merece acabar así!
El chico se dio la vuelta aterrorizado a la vez que sorprendido, no podía articular ni un solo sonido, el tiempo se detuvo. 

Era la primera vez que oía una voz, aquello fue milagroso.