Seguro que alguna vez os habéis visto en la horrible situación de haber cometido un error. Existen errores y errores, de eso no cabe duda, pero hoy quiero destacar uno de los más feos que existen: hacer daño a una persona.
No os hablo de daño físico, os hablo de daño psicológico, a mi forma de ver el peor de todos. Da igual si lo hacemos intencionadamente o no, una vez que hacemos daño, este ya está hecho y no hay vuelta atrás, lo que sea que hayamos dicho ya ha penetrado como un puñal afilado en el corazón de la otra persona; decir que ha sido sin querer resulta ser una estupidez.
Una vez que el daño está hecho da igual todo lo que hayas hecho por esa persona, da igual, lo digo dos veces para recalcarlo y quede bien claro. Todo queda en el olvido en ese momento y ese evento doloroso pasa a un primer y único plano. Puede sonar injusto, pero realmente es así y llega a ser comprensible, ya que es con lo último que te quedas.
La persona que hace el daño, siempre y cuando es consciente de ello, enseguida se siente mal y se arrepiente. Eso está muy bien, pero no soluciona una mierda el problema en cuestión. Con esto quiero decir que es bueno arrepentirse, reconocer los errores y darse cuenta de las cosas, pero el problema no termina ahí, la clave está en solucionar el problema.
Dependiendo de la gravedad del mismo, este será solucionable con más o menos dificultad: a veces vale con mostrar arrepentimiento y pedir disculpas con total sinceridad, pero la gran mayoría de las veces el error puede llevarte a perder a esa persona irremediablemente.
Es lógico que te tortures por ello, pero realmente eso no soluciona nada, ya has destruido algo, por así decirlo, no te destruyas a ti mismo también, céntrate en las soluciones y busca la manera de enmendar tus errores, aprende de ellos, todos los cometemos a diario.
Fácil de decir, difícil de aplicar...
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